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Premios y castigos

Cómo hacer para que los premios y castigos sean eficaces

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La disciplina no es un sentido inherente al ser humano, sino que la vamos aprendiendo a lo largo de la vida. Los recién nacidos no saben qué pueden hacer y qué no, son los padres y el entorno los encargados de hacerles ver cuáles son las consecuencias de su conducta, hasta que  poco a poco van asimilando  un esquema estable de conducta.

Los niños aún no tienen capacidad de autocontrol y necesitan la regulación externa de sus comportamientos y expresiones. Forma parte de la educación emocional, ya que poco a poco irán aprendiendo a autorregularse y canalizar y expresar sus emociones de forma más adecuada. Mientras tanto sus conductas deben de ser guiadas por normas y límites.

Cómo lo hacemos

También en la vida adulta, pero sobre todo en la edad infantil, los comportamientos se repiten o no en función de las consecuencias que tienen. La clave está en reforzar las conductas que queremos que se repitan y no atender las que queremos suprimir.

Cualquier conducta está precedida de unos antecedentes y seguida de unas consecuencias; podemos aprender a identificar estos antecedentes y consecuencias e intervenir sobre ellos para influir en la probabilidad de que se repita la conducta.

Para que los premios y castigos sean eficaces

  • Es importante conocer bien al niño, saber qué considera el niño un premio (consecuencia gratificante) y un castigo (consecuencia negativa). Debemos tener en cuenta su edad y capacidad de comprensión.
  • Tienen que ser proporcionales a las conductas.
  • Realizables.
  • De cumplimiento inmediato. Cuanto menor es la edad del niño, más  cercanas en el tiempo a la conducta que se quiere modificar.
  • Dirigidos a una sola conducta en concreto para que el niño pueda identificarla más fácilmente. Es importante no hacer generalizaciones ya que corremos el riesgo de "etiquetar” a los niños (por ejemplo:”Este niño es imposible”). Los niños cumplen con el papel asignado y responden a las expectativas creadas.
  • Intentar que los premios no sean materiales, buscar otros reforzadores que motiven al niño. La valoración positiva y el reconocimiento son siempre la mejor recompensa, aumentan la satisfacción personal y la autoestima del niño, ayudan a eliminar etiquetas y mejoran el vínculo entre padres e hijos.
  • Controlar la cantidad: El exceso de premios o de castigos son perjudiciales y a la larga dejarán de tener efecto.
  • Se tienen que ir retirando a medida que la conducta se está consolidando o se está extinguiendo, lo cual indica que el niño es capaz de autorregular sus acciones.
  • Ser constantes en la aplicación de las consecuencias, hacerlo de forma continua y dando siempre la misma respuesta. Así transmitimos firmeza y seguridad, al tiempo que damos al niño la oportunidad de decidir si realiza o no la conducta en función de las consecuencias que serán predictibles.

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Escrito por:

Elena Vélez
Elena Vélez

Asesoramiento Familiar

Web: blog.elenaeduca.com

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