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Amor padre e hijo

Cuidar el vínculo afectivo entre padres e hijos

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Si observamos a nuestros hijos veremos que muchos de nuestros gestos, formas de andar, de hablar o de mirar son muy parecidos a las nuestras; aunque tengan libertad para decidir por sí mismos, vivimos bajo el mismo techo y acaban siendo una proyección nuestra.

De la misma manera, el estilo educativo en el que hayamos sido educados (autoritario, permisivo, sobreprotector o asertivo) marca nuestra forma de educarlos.

Hay quien se frustra el acabar educando igual que sus padres, a pesar de haber decidido no hacerlo así. Caer en estas contradicciones nos trae muchas veces cargos de conciencia y sentimientos de culpabilidad y al caer la noche las preocupaciones no nos dejan conciliar el sueño pensando ¿Seré una buena madre?, ¿Lo estaré haciendo bien?

Sin desearlo, muchas veces nos convertimos en jueces de la conducta de nuestros hijos, sancionamos la falta y en el fondo lo que enseñamos es que aquel que ha pagado queda libre de toda culpa y que por lo tanto puedo volver a cometerla, porque lo que importa es pagar por la falta cometida.

Con una educación basada en el control externo (castigos, premios, etc.) es difícil conseguir que nuestros hijos lleguen a adquirir un control interno (autodisciplina) que les permita tomar decisiones inteligentes, respetando tanto su persona como la de los demás.

Suele ser habitual perder la paciencia ante una conducta inadecuada, podemos sentir vergüenza si ha sido en público o nos enfada tanto que nuestra respuesta no siempre es la adecuada.

Por eso es conveniente saber que cuando castigamos aislando al niño impedimos el desarrollo del apego y el vínculo afectivo entre padres e hijos.

Si nuestro método disciplinario habitual es mandar al niño a la habitación, apartarlo de nuestro lado a modo de castigo, no estamos viendo ese momento como la mejor oportunidad para trabajar con el carácter del niño, educarle en la identificación de emociones, enseñarle a canalizar sus sentimientos negativos y a buscar posibles soluciones.

Sin embargo cuando corregimos mostrando cercanía, con un control total de nuestras propias emociones, fortalecemos el vínculo, consiguiendo muchas veces que el niño deje de comportarse mal al sentirse aceptado y querido. Solo de esta manera seremos capaces de entender la siguiente frase: Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite. Dr. Jeckyll.

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Escrito por:

Leticia Garcés
Leticia Garcés

Pedagoga. Orientadora y formadora familiar

Web: www.padresformados.es Perfil G+: ver

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