El poder de los padres para ayudar a crecer a los hijos
En mi experiencia como terapeuta familiar, es frecuente recibir a padres que consultan por trastornos de comportamiento en la infancia-adolescencia, porque sus hijos tienen un problema de miedos, fobias, de comportamientos tipo la hija del exorcista, de enfados muy fuertes, de agresividad, enuresis, mensajes descalificatorios hacia sí mismos, baja autoestima, retrasos en el desarrollo, dificultades escolares…
En general recibo una actitud de “me lo arregle por favor”, como si se llevase el coche al taller porque anda mal y no sabemos qué le pasa.
Para investigar un poco y orientar la ayuda, recibo primero a los papás a solas, les escucho y me voy haciendo cargo del funcionamiento familiar y del contexto que rodea a ese niño o niña.
Son los niños los que acuden a la consulta
Algunas veces, los niños no sienten como problema lo que sus padres sí, pero como son dependientes y más vulnerables, los que vienen a la consulta son ellos sin saber muchas veces por qué ni para qué claramente, a pesar de que algo que les pido en la primera entrevista es que les expliquen sus padres esto que digo.
Mi impresión, y en mi propia experiencia como madre y esposa, es que con frecuencia las dificultades en el desempeño de estas funciones complejas como padres y pareja (problemas de comunicación, separaciones mal llevadas, maneras de reaccionar de los adultos ante esos síntomas que los niños manifiestan…) reboten hacia los hijos reactivamente, añadiendo más conflictos a la difícil tarea de crecer.
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A partir del año el niño necesita comer menos
Consulta:
Mi hijo tiene 12 meses y ha dejado de comer de la forma que lo hacia antes. Le preparo sopas de verduras y parece que ya no le agradan. Le doy un poco de arroz para que no quede sin comer pero solo recibe dos o tres cucharadas y después rechaza recibir más. Siento que no está comiendo bien y eso me preocupa. Aún toma leche materna, su peso esta por encima de lo normal y le hemos dado a probar alimentos no saludables como gaseosas y otros. Es un niño vigoroso, pero el que ya no como de la misma forma me preocupa.
A partir del año el niño ya no necesita comer tanto como antes, así que se produce un cambio importante para sorpresa (o terror) de muchas madres: necesita comer menos, por lo que deja de comer (tanto). Algunos ya dejan de comer desde los 9 meses y otros lo empiezan a hacer a los 15 meses.
Su crecimiento es más lento
El motivo de este cambio es que a partir de los 12 meses el crecimiento es más lento, y por tanto, no necesitan tanta energía para crecer.
En el primer año de vida, lo bebés engordan y crecen más rápidamente que en ninguna otra época de su vida. A partir del año (aproximadamente) el niño necesita energía para moverse y para mantenerse con vida, pero la energía que necesita para crecer ahora es mucho menor y eso se traduce en que comerá menos.
Tu hijo es inteligente y te está demostrando que sabe lo que necesita. De forma sabia, sabe regularse y necesita tu colaboración: no le insistas en darle más de lo que necesita, y sobre todo no le des bebidas gaseosas, ni azucaradas, ni productos de bollería.
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Cómo enseñar al niño a ser autónomo
Una de las frases que más escucho a mis alumnos es:
- No puedo, ponme la chaqueta, los zapatos, abróchame la bata…
La primera reacción es ponerle la chaqueta porque no sabe, aún es pequeño o hay prisa y es más rápido si lo hago yo. De esta manera no ayudamos a que el niño crezca siendo autónomo, es decir, que se valga por sí mismo.
¿Por qué es importante que el niño sea autónomo?
Hay varios motivos y destaco dos que se relacionan entre sí, como si fuera un círculo de consecuencias: cuando el niño consigue hacer algo por sí mismo y sin ayuda del adulto aumenta su autoestima. En el momento que el peque dice “Lo hago yo solo” y tú le dejas sentirá placer al comprobar que él puede y que se hace mayor. A la vez, comprobar que él puede hacerlo y lo ha conseguido le produce seguridad en él mismo. Esta seguridad la utilizará para repetir lo que ha aprendido y para atreverse con próximos retos.
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Las fases de los dientes

Si tienes niños pequeños seguro que ya has pasado por esta etapa o vas a pasar dentro de poco por ella. Es algo que no sólo molesta a los más pequeños sino que también los padres se vuelven, sobre todo los primeros dientes, algo más protectores y a veces no saben cómo actuar.
Los dientes de los bebés no se forman una vez que nacen sino que se forman en el cuarto mes del embarazo pero no es hasta los seis meses, una vez nacidos, que se hacen patentes (a veces empiezan un poco antes o se retrasan, en principio no hay que temer ninguna de las dos cosas).
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El inicio de la etapa escolar o guardería precisa unir corazones
El inicio de la etapa escolar o de la guardería es una etapa difícil para cualquier niño, y por supuesto, para los padres.
Los niños muestran su miedo a través del llanto. Lloran en casa antes de salir, lloran y patalean cuando tienen que entrar y muchos siguen llorando en la clase. A través del llanto expresan su sentimiento de miedo por estar en un sitio desconocido, miedo a que mamá/papá lo abandonen (no les venga a buscar), inseguridad porque las profesoras y la escuela todavía no son un sitio de referencia estable para ellos y su frustración por estar en un sitio donde ellos y ellas no quieren estar.
Los padres también sienten miedo y angustia. Miedo a que les ocurra algo, miedo que no los traten bien, miedo porque se encuentren con algún peligro y la maestra no llegue a tiempo, angustia por verlos sufrir. Se nos encoge el corazón y sentimos presión en el pecho… Pero nosotros, los padres, no lloramos para liberar nuestra angustia. Nos la guardamos en silencio como un nudo en la garganta, una presión en el pecho y la sensación de estómago encogido. Pues como somos adultos, hemos perdido nuestra espontaneidad emocional y hacemos lo que sea por “aguantar el tipo” o por no escuchar lo que realmente sentimos. Preferimos mostrarnos fuertes y seguros y relativizar lo que sentimos, pues de lo contrario nos desharíamos en lágrimas como un niño pequeño creyendo que con ello estamos perdiendo nuestra “credibilidad” como adultos.
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Consulta: mi hijo no quiere comer el primer plato
Miryam expone:
Mi hijo tiene 2 años y medio y lo que me preocupa es que llega la hora de la comida y no quiere comer nunca el primer plato, me pide solamente la carne o el pescado y el yogur o fruta. Ya me he cansado y me he puesto seria. Le ofrezco el primer plato y si no lo quiere no le doy el segundo ni el postre. Llega la hora de merendar y le ofrezco el primer plato, llega la hora de cenar y le ofrezco lo mismo pero me lo rechaza. Con lo cual lleva tres días alimentándose del desayuno (300 ml. de leche y dos galletas) y la cena (300 ml. de leche). Mi duda es: ¿Estoy actuando correctamente?¿Qué debo hacer?
Hola Miriam. Tu hijo sabe alimentarse y por lo que leo, además sabe hacerlo bien pues en sus gustos culinarios incluye la fruta, el yogur, el pescado, la carne, etc. Pero eso a ti no te satisface completamente.
¿Es tan importante que cumpla con el orden de primer plato, segundo y postre? O lo realmente importante es que coma lo necesario y suficiente para crecer y tener fuerzas para jugar e investigar su entorno.
Valora lo que sí hace tu hijo: come variado y la cantidad suficiente para tener fuerzas, come fruta y todo ello parece que lo hace de buen grado (al menos hasta ahora, no?).
Tu empeño en ponerte seria (o sea dura, inflexible, tozuda) y de ofrecerle el primer plato a todas a horas sin darle ninguna opción más ¿A qué te está llevando?A un conflicto en el que parece que lo único que importa es quién de los dos da su brazo a torcer. Un conflicto en el que los dos estáis sufriendo: tú porque ves que tu hijo se pasa el día sin apenas alimentos y tu hijo porque seguramente se siente forzado, obligado a hacer más de lo que ya hace.
Para que los niños coman con gusto y ganas hemos de motivarlos, animarlos y jamás forzarlos. Introducirles los diferentes alimentos a pasitos, con mucha paciencia y partiendo siempre de lo que le es apetitoso, gustoso, agradable.
Tal vez tu hijo rechaza el primer plato porque le motiva más el segundo y el postre y con ello ya se siente satisfecho y bien alimentado. Si tú crees necesario que también pruebe un poquito del contenido del primer plato ¿Por qué no se lo pones todo en un mismo plato? Pescado con verduras, carne con un poco de pasta, pescado con arroz, etc. Eso sí, vigila que las cantidades sean moderadas (es preferible poco y luego ofrecer antes la merienda).
No te olvides del ingrediente principal: ¡la motivación! Felicita a tu peque (sin grandes ovaciones) cuando se acabe lo que ya come bien: -Te has comido todo el pescado, eso te va a dar la fuerza de los campeones!”, “-¡Qué bien te comes la naranja!”, “-El plátano te va ayudar a ser muy listo!”, etc. Y no lo fuerces jamás a comer lo que no desea.
Si no ha probado la verdura que también le has puesto en el plato, le animas a que lo pruebe, al menos una cuchara. Si no lo hace no lo fuerces, le apartas el plato y le puedes animar con un: “- de acuerdo, tal vez quieras probar otro día a qué saben las vitaminas de color verde que tiene la judía. Yo me la como y me encanta!” Con esta actitud, estás respetando su decisión y valorando que ya ha comido suficiente, además de darle espacio para que él mismo se decida cuando sea su momento (tal vez dentro de un mes!).
Si decide probar una sola cucharada lo fecilitas por el esfuerzo que acaba de hacer, porque es sano comer de todo y él se va hacer muy grande, etc. Pero no le insistas más por ese día. Mañana o pasado se lo vuelves a ofrecer con la misma intención: que pruebe un poquito y nada más. Y así en las semanas sucesivas: se lo vas ofreciendo, animando a que lo taste, valorando su esfuerzo y poco más.
Así se hacen los caminos firmes y seguros: pasito a pasito y con agrado y motivación. El chantaje, el ser inflexible, el forzar, el no valorar provoca actitudes de rechazo y sufrimiento.







