Es importante poner límites escuchando, sintiendo y estando presente
Hoy día, en la educación de los niños se habla constantemente de los límites, del saber decir “no”, el no darles todos los caprichos, etc. E inmediatamente se asocia el mal comportamiento de los niños con la falta de límites, obviando otros muchos factores y causas que generan esas conductas y que son el verdadero trasfondo de ese tipo de comportamientos. Cuantas veces he oído la frase: “es que este niño no tiene límites, está malcriado”.Estas afirmaciones sobre los límites siempre han llamado mi atención porque realmente nunca he acabado de entenderlas ni compartirlas, ya que sólo explican de manera simplificada y por tanto errónea, estas llamadas de atención que hacen los niños y que tanto perturban al adulto (me refiero al llamado “mal comportamiento”).
Actualmente, mi interés por entender realmente lo que hay detrás de estas afirmaciones va aumentando día a día porque tengo un niño de 2 años y medio, estoy trabajando en el mundo de la enseñanza y tengo el privilegio de observar muchos casos de niños a los que llaman malcriados, maleducados, difíciles y un largo etcétera.
Gracias a esto he podido entender algunas cosas que me gustaría compartir con aquellas personas que puedan tener mis mismas inquietudes. Después de observar durante unos años, he llegado a la conclusión de que los límites tal como se entienden no resolverán nunca el verdadero problema.
Veamos pues, a que me estoy refiriendo. El límite en sí mismo no es nada más que el establecimiento de unas normas de convivencia a seguir, hasta donde se puede llegar y hasta donde no, que cambian según la cultura y la familia. Por ejemplo: lavarse las manos antes de comer, seguir unos horarios, no ver la tele muchas horas, no insultar, no pegar (podríamos estar todo el día enumerando). Y no me digáis que no se están poniendo límites constantemente, la diferencia radica en cómo se ponen estos límites.
Para notar cambios a largo plazo, los límites necesitan ir acompañados de un vínculo amoroso con el adulto que los pone y ese vínculo sólo se genera estando presente, escuchando, sintiendo y viviendo con el niño /a. Generando espacios y mucho tiempo para el compartir, para el juego y para el disfrute, también para el llorar, patalear y dialogar. Así es como el adulto se gana el respeto y la estima del niño/a y le demuestra que tiene algo que ofrecerle y enseñarle, que puede confiar en él.
Automáticamente, en esta atmósfera los famosos límites que no son más que enseñanzas, son aceptados y asimilados por el niño/a como pautas válidas para moverse en el mundo y le dan confianza y seguridad. Por lo tanto, limitar o educar a un niño sin estima ni afecto por parte del adulto no resulta efectivo porque no se ha generado la atmósfera necesaria ni ha aprendido los valores fundamentales de respeto, amor y confianza básicos para que se dé el aprendizaje.
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